Según los sociólogos, los millenials
corresponden a la generación de personas nacidas entre los años 1980 y 1995.
Esta es la generación a la que pertenezco. Somos la generación que recuenta las
transformaciones tecnológicas porque somos capaces de recordar el mundo sin y
con la experiencia de redes sociales, los principios de la televisión a blanco
y negro, y en el presente, constituimos la principal fuerza laboral de la
sociedad.
Hemos convivido con la experiencia del cambio
continuo; la pandemia por COVID – 19 es el último y más reciente evento de
transformación al que pienso que como generación, hemos respondido de la manera
que se espera afrontar el cambio: siendo flexibles.
Conocer internet desde sus inicios y tenerlo al
alcance de la mano nos permitió aprovechar las nuevas formas de convivencia, de
capacitación y trabajo laboral que antes de la pandemia ya existían, pero que
no veíamos como factor potencial para continuar con el desarrollo de vida.
En esta nueva forma de vida post pandemia en la
que convivimos con dispositivos digitales e inteligentes nos replanteamos el
futuro, no sólo como parte de la sociedad, sino en nuestro caso, como
generación joven cristiana.
Como iglesia, estamos de acuerdo que ante la
llegada de lo que nos fue incierto, tuvimos que acudir al recurso virtual para
poder trasladar lo que veníamos haciendo de manera presencial a un estilo
totalmente nuevo y diferente de lo acostumbrado, y que fue en medio de esa
transición, que la generación más joven estuvo 100% involucrada en todo el
trabajo de logística que implicó hacer iglesia en internet.
Ante la incertidumbre, nos flexibilizamos y
cambiamos al punto de que, al día de hoy, estamos familiarizados con un modelo
que mezcla reuniones virtuales con presenciales. Mientras exista la
posibilidad, este modelo híbrido llegó para quedarse. Y no solo eso, sino que
también la forma de evangelización se ha visto afectada. En el hoy, la
presencia de la iglesia en redes sociales cobra mayor relevancia de forma
previa, para que un no creyente forme parte de una iglesia de manera
comprometida.
El desafío de cara al futuro se centra en poder
redefinir la forma en que la iglesia se conecta y mantiene el contacto con
miembros que alternan lo presencial con lo virtual. Los líderes eclesiásticos
no necesitan sostenerse sobre la base de la innovación en contenido digital,
sino que necesitan redoblar esfuerzos por sostenerse sobre las bases teológicas
del evangelio. Mientras la iglesia se mantenga predicando el evangelio, no
debería temerle al cambio, sino confiar en el Pastor que por medio de su
Espíritu y a través de la predicación de la Palabra, Él alimenta Su rebaño,
sostiene a Sus ovejas y llama a nuevas ovejas a Su redil.
A mi generación: Esta nueva forma de flexibilización
no debería cambiar el valor de la comunión física, pues Dios no envío la
salvación por medio de un email, sino que envió a su Hijo en forma humana para
establecer una conexión real con los hombres. De ninguna manera lo virtual
superará nuestra necesidad koinonía.

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